poesia Isabel Montero

Casi luna llena

Desde lo oscuro de la luna
en un intento de ver

quién soy
qué represento,
me estremezco y nada me calma,
ni la luz que astuta se refleja
en mi cuerpo
desde el otro lado del astro
para susurrarme ecos incomprensibles.
Las palabras secretas que llevo en el cofre se esparcen y se entremezclan
entre los pensamientos.
No hay luz de luna para engarzar la noche, y me estremezco entre lo oscuro, desde lo oscuro.
Isabel Montero.

Sirva esta luna de despedida de verano. Abrazos.

Pensamientos·poesía Isabel Montero Garrido

Cosas de vida

08C1A83D-5485-4770-9EA7-B842C65C5153

 

Se agitaron las ramas del tronco del árbol,

los bronquios, los alveolos, los pulmones

se apretaron.

Sonaron trompetas, sibilancias, sonidos,

siseos en caja hueca.

No se supo la causa, quizá

una inhalación química nefasta para la

sensibilidad. U ósmosis de sustancias

aparentemente inofensivas;

el aire, la manzana del paraíso, o el dolor

de la vida por vía intravenosa.

Un cuadro severo, y se aplicaron

tratamientos paliativos para evitar

el riesgo.

Bronco espasmo severo con estrechamiento

completo.

¡No! no sería Justo. Aspira, aspira, aspira

el aire de la sanación.

¿Paró respiratorio? No. Claro que no.

No es momento. Las raíces bronquiales se han

anclado en la Tierra de Vida.

Evitar la muerte una vez más será necesario.

 

Isabel Montero

 

* Ahora mismo sabemos que la fibromialgia es una enfermedad grave. Es más que dolor y tiene riesgo de muerte por daños colaterales. No existe tratamiento. Y no se lleva a cabo la adecuada investigación y el tratamiento de los pacientes. El INSS lo contempla de forma indiferente con la desesperación de los enfermes que se consumen en vida.

La fibromialgia en sí misma está asociada a la fatiga crónica y a síndromes de sensibilización química tanto del ambiente, como de la química de los alimentos. Los tres pueden ser uno con manifestaciónes de cada uno en mayor o menor medida o según el momento. Se investiga poco en general. Y en esta enfermedad menos, siendo tratados por las administraciones públicas y sanitarias como enfermos de segunda clase.

Superamos toda clase de riesgos, cuesta vivir sin miedo siendo esta una enfermedad altamente incapacitante e incluso mortal por el riesgo que conllevan los problemas pulmonares y cardíacos en relación con la espasticidad.

Sirva mi poema para mostrar un sentimiento de impotencia y desasosiego vital de nosotros los enfermos.

Y como dice una canción “ No estamos locos, sabemos lo que queremos…vive la vida…”

Concluyo pidiendo ese trato Justo y humanitario que nos merecemos al igual que otros enfermos crónicos. Investigación y ayuda para encontrar la cura. La calidad de vida.

Isabel Montero

poesia Isabel Montero

Reflexiones

El Grito, Edvard Munch

Silencio,

la vida a veces con sus vueltas.

Y la premura

ese proceder tan desmedido

que impide el acto de pensar.

Silencio,

los ríos hoy

a punto del deshielo.

Y la premura

cascada de palabras que

nos ha dejado mudos.

Silencio,

se dice que hoy pensamos, no se

el resto de los días.

¿Cuando arribarán los barcos a buen puerto?

Isabel Montero Garrido

Sobre libros

La senda hacia lo diáfano

 

La naturaleza siempre está presente en la obra de Isabel, pero sin lugar a dudas “La senda hacia lo diáfano”, la contiene en toda su inmensidad. Además de esta naturaleza vamos a encontrar esa constante búsqueda de la autora de ideales elevados . Una búsqueda que realiza a veces de manera intimista acercándose a la soledad del alma,.

Este es el cuarto poemario de Isabel, una poeta que se crece y ahonda sus raíces en lo más puro de la Tierra, en lo más profundo.

Acabo de leer este, su último poemario y sinceramente me ha llegado. Sus fugaces poemas cortos que revolotean entre las palabras de este espacio natural, sus poemas más largos, confieren a este poemario la categoría de Obra.

Isabel es defensora de la Naturaleza y así nos lo demuestra en este libro que recomiendo no como amiga, que lo somos, sino como lectora y escritora.

Enhorabuena Isabel y gracias por acercarnos tanta grandiosidad.

Isabel Montero Garrido

Nadie aquí

Nadie aquí,

salvo un murciélago despistado

que vuela la luna.

El mar,

como un páramo yermo,

ahonda la quietud de su ausencia.

 

Isabel Fernández Bernaldo de Quirós.

Poeta y bióloga.

Mieres 1947

relatos Isabel Montero Garrido

Vecinas

 

thumbnail_inCollage_20190308_132645457mujer vallecas
Imagen subida de inteernet

“Y de nuevo volvió a sentirse sola ante

la presencia de su eterna antagonista:

la vida.”

Virginia Woolf

 

Hace aire. Un aire que corta; un aire que se mete, que se reparte y anida en la terraza, formando remolinos pequeños, en los que la pelusa da vueltas, se disuelve entremezclada con alguna colilla, con algún pétalo ya marchito de las flores que adornan las barandillas. Es otoño y hace frío. Es otoño, un otoño temprano que le nubla la vista, que adormece sus ojos cansados. Los ojos de Flora.

Y a Flora se le cansan los ojos de mirar y la pelusa del aire se le mete en ellos. El frío la envuelve y se ajusta la bata entre sus brazos; debajo de ellos, pegada a su cuerpo cansado, flácido y engordado, envejecido, magullado por el pisar fuerte de la vida. Pero resiste en la terraza. Un rato resiste. Hace dos días que sus persianas están bajadas. Y el polvo se acumula, se acumula y se levanta con el aire; se une al remolino de la calle y asciende, sube y se precipita en la terraza. Y Flora huele en él, presiente y nota que algo pasa en casa de la María porque no la ve. No la ve a ella. La María no sale a la terraza.

Me pongo la bata guateada, la de flores, esa que me regaló mi chico. Mi muchacho, me la compró, con su primer sueldo. Un muchacho valiente el mío. Mi Jose. Pepe le llaman ahora sus amigos. Don José en el despacho. Abogado, mi Jose. Él no quiere que me la ponga. Qué está ya vieja, que tengo otra mejor. Pero lo hago. Con su primer sueldo me la compró. Una bata para que no pasara frío en la casa. La casa. Una casa pequeña pero ahora con la calefacción. Ya no necesito la bata. También mi Jose me la puso cuando metieron el gas en el barrio. Yo no quería, que conste, pero así es mi hijo, mi Jose. Y que quiere que me vaya. Que allí en el chalet hay sitio de sobra. No me deja mi chico. Pero yo no quiero; esta es mi casa, mi vida. Y por eso me pongo la bata para salir a mi terraza y ver a la María. –La María no, mama, María- me dice. Sin el “la” mama. ¡No se ha hecho fino ni nada mi Jose con los estudios! Pero yo a la María prefiero llamarla así. Son muchos años para cambiar. Desde mi terraza se ve la suya. Justo en el bloque de enfrente. Hace un aire que me corta la cara, pero me meto la bata, salgo y estoy un rato. Espero que salga y me diga:

¡Flora, anda vente pacá que nos tomamos un café!

La María, lo recuerdo como si fuera ahora. Ni cinco minutos hacía que yo había llegado a la casita. La del barrio pobre que decían. La casita baja. Ni cinco minutos que había llegado con mi chico pequeño. Tres años tenía entonces. Se nos dieron malas en el pueblo. Una madre soltera que era yo. No eran las cosas como ahora. Y nos vinimos aquí, a la capital. A la casita que me pasó mi prima. Unos pocos dineros le di yo. Que de gratis nada. Unas poquitas pesetas de entonces que me dio mi padre. Que no quería que yo pasara penas, decía el pobre.

-¡Eh! – me gritó- ¿Vas por agua?

Así es la María. Lo dice todo sin tapujos. La María en la casita de enfrente. Siempre enfrente y a mi lado. Y yo al suyo. Ella me buscó lo de las casas primero. Luego lo de las oficinas de madrugada. Y por último lo de la contrata. Estuvimos años con la contrata de limpieza. De ahí nos quedó la paga, pequeña pero segura. Aunque dice mi hijo que con él no me hace falta. Mi Jose. A la María sí, que sus hijos no le pasan. No porque no quieran. Porque no pueden. Ya lo dice ella: ¡Bastante tienen! Fue entonces, cuando lo de la contrata, que vino la María con lo de los pisos.

Mira Flora- me dijo- yo ya estoy cansada de salir de casa y el barro hasta las rodillas. De llevar los zapatos en la bolsa y de ponérmelos al llegar al Centro. ¡Qué se nos nota María! Que se nos nota por el barro que somos del “Barrio Pobre”. Que no quiero yo que se les note a los hijos. Y estoy harta de cargar con el agua, de los generadores de la luz y de enjalbegar la casita. Nos vamos a apuntar. ¿Si no nos toca a nosotras lo de renta baja, dime tú a mí a quién?

Y a mí me daba miedo. Un miedo agudo. El miedo constante de los pobres. Pero ella era fuerte. Y yo estaba con ella. Había que hacerlo, marcharse a un piso. A un barrio con las calles asfaltadas, con luz en la calle y en la casa, con agua corriente. Hablaban de demoler las casitas, aunque el barrio crecía. Lo hacía cada noche. Una más; en una noche una más; un nuevo hogar; un hogar para la miseria. Una miseria honesta y trabajada.

Vamos Flora- me dijo- vamos que nos rellene el cura los papeles. Por los chicos. Y lo hicimos. A María entonces aun le vivía su hombre; débil, diminuto- “algo escuchimizao”- decía ella-. En su cara se veían las marcas del vino. ¡Vaya si se veían! María quítate de ese hombre mujer, solía decirle; que no hace más que darte sinsabores. La de veces que se lo decía. Y ella que no.

Que no Flora- me decía- que no. Tú no lo entiendes. Bien sabes que le daba cuatro patadas, ¡y a la calle! Pero están mis hijos. ¡Qué no les hago eso yo a ellos! Eso clarito, Flora, que no quiero que vean a su padre tirado como un pordiosero.

Y dale que te dale la María con eso del pordiosero y yo, no sé qué era mejor.

Y se esfuerza Flora, se esfuerza- me contaba en un aparte del corro de las vecinas. A ellas les decía que Don Aurelio, el médico de la iguala, andaba a vueltas con eso de la tensión de su hombre. Y todas hacían que se lo creían. Yo también, delante de ellas. Pero a mí, a solas, no podía engañarme. Sí, trabajaba; trabajaba a veces en lo que podía. Trabajaba, se lo jugaba y se lo bebía. Y la dejaba colgada con los críos. Ella venía y lloraba en mi cocina.

No vuelvo a abrir la puerta a ese fulano– comentaba entonces.

Fulano lo llamaba, en ese momento. En ese instante en el que ella había llegado al fondo de sus reservas; cuando había caído en el abismo oscuro de la desesperación, en la desdicha insalvable. A mí se me enrojecían los ojos. Y ella me miraba con su cara mojada y se restregaba con el mandil a cuadros. El mismo con el que sonaba los mocos a los críos. Le vivían tres: dos chicas y un varón. El pequeño de la edad de mi Jose. La última, la que nació muerta fue niña. Tres días estuvo coronando la pobrecilla. Asfixiada. Y nada de hospital, que su hombre no quería. Que sus hijos nacían en casa. Pero él, su hombre, por ahí. Que arrastras lo traje, que no se tenía en pie. Eso sí, lloraba como un crío. Nunca he visto llorar así a un hombre, en realidad ni mucho ni poco: no he visto llorar a ninguno.

-Déjalo Flora, que llore- me decía ella- que se desahogue. ¿No ves que lo pasa mal?

Así era La María. Dos guantazos le habían dado yo y a la puta calle y que Dios me perdone. Pero no, ahí estaba él tirado en la cama con la cabeza entre sus pechos. ¡A la puta calle! Sí, eso hubiera hecho yo. Al tiempo, él se murió. No llegó a ver el piso. Pasa algo raro. Lo sé. Me asomo y no la veo. Tiene las persianas bajas. Hace frío. Mejor entro y luego vuelvo a salir. ¡Qué raro la María! Sí, más tarde vuelvo a salir. Anda que no lo hemos pasado bien La María y yo. De todo ha habido. Penas y risas. Sobre todo, después de venir al piso. Los domingos nos dejábamos a los chicos en el matinal del barrio. Y nos íbamos de paseo, a tomar el vermú. Y un vermú que nos tomábamos. ¡Madre mía, con lo cabezón que era! Y sin parar de reírnos. Y luego a buscar a los chicos sin que se nos notara. Por las tardes a veces íbamos al Centro. No todas, sólo cuando hacían la excursión de la parroquia. Allí mandábamos a los niños, nos quedábamos solas y al minuto La Maria por la ventana:

-¡Flora, que ya estoy!

Y al Centro, a una sala de baile. ¡Lo bien que lo pasábamos! Ya digo, no todo eran penas, vaya que no. Me parece oír el timbre. La Maria seguro que no. Ella siempre me llama por la terraza. Es mi Jose. Seguro. Siempre pendiente de mí. Tengo las piernas pesadas. Cada día me cuesta más. ¡Ay Dios mío! Así, se lo digo. Le digo que no veo a La María. Es mi chico. Y me besa en la frente. No sé qué dice de La María. Que no lo recuerdo. Que se me olvidan las cosas. Si sabré yo. Hijo, – le digo. ¿Qué tiene que ver eso con La María? Y me pongo la bata, la floreada y quiero salir de nuevo a la terraza. Pero él no me deja. Mi Jose no quiere y me lleva hacia el sofá, ¡no corras le digo! ¿No ves que a tu madre le pesan las piernas?. Dice que La María no está, que se ha muerto. Hace un año, me dice. Y recuerdo y no recuerdo, cedo y no cedo, me resigno, suspiro, cojo la labor y la dejo. Me pongo los brazos sobre el regazo y pienso. Callo y pienso. Cuando mi Jose se vaya saldré de nuevo a la terraza.

Hace frío. Un aire que corta, que se mete, que anida en la terraza.

Isabel Montero

Este relato “Vecinas”, fue hace unos doce años, Premio Especial en la Categoría de “Personas que han hecho mucho por los barrios”. De la historia y como especialista en ella, siempre me han llamado la atención los hechos de la gente sencilla y la significación de estas vidas y su papel en los fenómenos históricos. Es lo que desde mi punto de vista forma una de las  partes de la intrahistoria de los pueblos. He escogido este Relato para publicar en el blog en Este Dia de la Mujer  precisamente por ello. Es una ficción basada en fragmentos de la vida en la España en la década de los cincuenta en barrios periféricos de Madrid. Indudablemente son realidades que pueden ser transportadas a otros lugares, otras vidas y otra ambientación. Quiero por tanto rendir un Homenaje a esas mujeres sencillas de aquí y de cualquier parte de la Tierra que forman el pilar de tantas existencias. Alas que son. las que fueron y las que serán. Con emoción en este Día de la Mujer 8 de marzo de 2019 para que llegue algún momento en la que la celebración de este día no sea necesaria.