relatos Isabel Montero Garrido

Noche de San Juan

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Durante toda la semana anterior solíamos recoger todo lo que encontrábamos por la calle y en las laderas del monte. Montones de palos, ramas secas, sillas viejas y enseres de todo tipo que nos daban los vecinos.
– Toma chaval, para la hoguera.
Hacíamos un montón con todo y siempre se quedaba alguno de los amigos vigilando para que no nos robaran ningún elemento de la hoguera. Por la noche la encendíamos y cuando quedaban las últimas brasas, saltábamos de lado a lado pidiendo un deseo o quemando la rabia. Allí cada uno tenía la suya.
Después nos recogían las madres, porque en aquel lugar los hombres siempre trabajaban fuera, ya en la mar, ya en el transporte.
Mi madre, por aquel entonces, realizaba un ritual la Noche de San Juan. Colocaba unos cuencos de agua con clara de huevo debajo de nuestras camas y otro cuenco en el alféizar de la ventana del balcón. Según decía nos protegerían todo el año. Y si la clara del cuenco del balcón adquiría la forma de barco, la suerte estaría de nuestro lado. Mamá siempre nos despertaba temprano al día siguiente.
– Corred, corred que el barco de Clara de huevo ha zarpado temprano y se ha llevado a la mar todas las cosas malas.
Entonces nos levantábamos ilusionados, porque una vez más sabíamos que mamá tenía la magia en sus manos. Isabel Montero
#NochedeSanJuan

relatos Isabel Montero Garrido

Vecinas

 

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Imagen subida de inteernet

“Y de nuevo volvió a sentirse sola ante

la presencia de su eterna antagonista:

la vida.”

Virginia Woolf

 

Hace aire. Un aire que corta; un aire que se mete, que se reparte y anida en la terraza, formando remolinos pequeños, en los que la pelusa da vueltas, se disuelve entremezclada con alguna colilla, con algún pétalo ya marchito de las flores que adornan las barandillas. Es otoño y hace frío. Es otoño, un otoño temprano que le nubla la vista, que adormece sus ojos cansados. Los ojos de Flora.

Y a Flora se le cansan los ojos de mirar y la pelusa del aire se le mete en ellos. El frío la envuelve y se ajusta la bata entre sus brazos; debajo de ellos, pegada a su cuerpo cansado, flácido y engordado, envejecido, magullado por el pisar fuerte de la vida. Pero resiste en la terraza. Un rato resiste. Hace dos días que sus persianas están bajadas. Y el polvo se acumula, se acumula y se levanta con el aire; se une al remolino de la calle y asciende, sube y se precipita en la terraza. Y Flora huele en él, presiente y nota que algo pasa en casa de la María porque no la ve. No la ve a ella. La María no sale a la terraza.

Me pongo la bata guateada, la de flores, esa que me regaló mi chico. Mi muchacho, me la compró, con su primer sueldo. Un muchacho valiente el mío. Mi Jose. Pepe le llaman ahora sus amigos. Don José en el despacho. Abogado, mi Jose. Él no quiere que me la ponga. Qué está ya vieja, que tengo otra mejor. Pero lo hago. Con su primer sueldo me la compró. Una bata para que no pasara frío en la casa. La casa. Una casa pequeña pero ahora con la calefacción. Ya no necesito la bata. También mi Jose me la puso cuando metieron el gas en el barrio. Yo no quería, que conste, pero así es mi hijo, mi Jose. Y que quiere que me vaya. Que allí en el chalet hay sitio de sobra. No me deja mi chico. Pero yo no quiero; esta es mi casa, mi vida. Y por eso me pongo la bata para salir a mi terraza y ver a la María. –La María no, mama, María- me dice. Sin el “la” mama. ¡No se ha hecho fino ni nada mi Jose con los estudios! Pero yo a la María prefiero llamarla así. Son muchos años para cambiar. Desde mi terraza se ve la suya. Justo en el bloque de enfrente. Hace un aire que me corta la cara, pero me meto la bata, salgo y estoy un rato. Espero que salga y me diga:

¡Flora, anda vente pacá que nos tomamos un café!

La María, lo recuerdo como si fuera ahora. Ni cinco minutos hacía que yo había llegado a la casita. La del barrio pobre que decían. La casita baja. Ni cinco minutos que había llegado con mi chico pequeño. Tres años tenía entonces. Se nos dieron malas en el pueblo. Una madre soltera que era yo. No eran las cosas como ahora. Y nos vinimos aquí, a la capital. A la casita que me pasó mi prima. Unos pocos dineros le di yo. Que de gratis nada. Unas poquitas pesetas de entonces que me dio mi padre. Que no quería que yo pasara penas, decía el pobre.

-¡Eh! – me gritó- ¿Vas por agua?

Así es la María. Lo dice todo sin tapujos. La María en la casita de enfrente. Siempre enfrente y a mi lado. Y yo al suyo. Ella me buscó lo de las casas primero. Luego lo de las oficinas de madrugada. Y por último lo de la contrata. Estuvimos años con la contrata de limpieza. De ahí nos quedó la paga, pequeña pero segura. Aunque dice mi hijo que con él no me hace falta. Mi Jose. A la María sí, que sus hijos no le pasan. No porque no quieran. Porque no pueden. Ya lo dice ella: ¡Bastante tienen! Fue entonces, cuando lo de la contrata, que vino la María con lo de los pisos.

Mira Flora- me dijo- yo ya estoy cansada de salir de casa y el barro hasta las rodillas. De llevar los zapatos en la bolsa y de ponérmelos al llegar al Centro. ¡Qué se nos nota María! Que se nos nota por el barro que somos del “Barrio Pobre”. Que no quiero yo que se les note a los hijos. Y estoy harta de cargar con el agua, de los generadores de la luz y de enjalbegar la casita. Nos vamos a apuntar. ¿Si no nos toca a nosotras lo de renta baja, dime tú a mí a quién?

Y a mí me daba miedo. Un miedo agudo. El miedo constante de los pobres. Pero ella era fuerte. Y yo estaba con ella. Había que hacerlo, marcharse a un piso. A un barrio con las calles asfaltadas, con luz en la calle y en la casa, con agua corriente. Hablaban de demoler las casitas, aunque el barrio crecía. Lo hacía cada noche. Una más; en una noche una más; un nuevo hogar; un hogar para la miseria. Una miseria honesta y trabajada.

Vamos Flora- me dijo- vamos que nos rellene el cura los papeles. Por los chicos. Y lo hicimos. A María entonces aun le vivía su hombre; débil, diminuto- “algo escuchimizao”- decía ella-. En su cara se veían las marcas del vino. ¡Vaya si se veían! María quítate de ese hombre mujer, solía decirle; que no hace más que darte sinsabores. La de veces que se lo decía. Y ella que no.

Que no Flora- me decía- que no. Tú no lo entiendes. Bien sabes que le daba cuatro patadas, ¡y a la calle! Pero están mis hijos. ¡Qué no les hago eso yo a ellos! Eso clarito, Flora, que no quiero que vean a su padre tirado como un pordiosero.

Y dale que te dale la María con eso del pordiosero y yo, no sé qué era mejor.

Y se esfuerza Flora, se esfuerza- me contaba en un aparte del corro de las vecinas. A ellas les decía que Don Aurelio, el médico de la iguala, andaba a vueltas con eso de la tensión de su hombre. Y todas hacían que se lo creían. Yo también, delante de ellas. Pero a mí, a solas, no podía engañarme. Sí, trabajaba; trabajaba a veces en lo que podía. Trabajaba, se lo jugaba y se lo bebía. Y la dejaba colgada con los críos. Ella venía y lloraba en mi cocina.

No vuelvo a abrir la puerta a ese fulano– comentaba entonces.

Fulano lo llamaba, en ese momento. En ese instante en el que ella había llegado al fondo de sus reservas; cuando había caído en el abismo oscuro de la desesperación, en la desdicha insalvable. A mí se me enrojecían los ojos. Y ella me miraba con su cara mojada y se restregaba con el mandil a cuadros. El mismo con el que sonaba los mocos a los críos. Le vivían tres: dos chicas y un varón. El pequeño de la edad de mi Jose. La última, la que nació muerta fue niña. Tres días estuvo coronando la pobrecilla. Asfixiada. Y nada de hospital, que su hombre no quería. Que sus hijos nacían en casa. Pero él, su hombre, por ahí. Que arrastras lo traje, que no se tenía en pie. Eso sí, lloraba como un crío. Nunca he visto llorar así a un hombre, en realidad ni mucho ni poco: no he visto llorar a ninguno.

-Déjalo Flora, que llore- me decía ella- que se desahogue. ¿No ves que lo pasa mal?

Así era La María. Dos guantazos le habían dado yo y a la puta calle y que Dios me perdone. Pero no, ahí estaba él tirado en la cama con la cabeza entre sus pechos. ¡A la puta calle! Sí, eso hubiera hecho yo. Al tiempo, él se murió. No llegó a ver el piso. Pasa algo raro. Lo sé. Me asomo y no la veo. Tiene las persianas bajas. Hace frío. Mejor entro y luego vuelvo a salir. ¡Qué raro la María! Sí, más tarde vuelvo a salir. Anda que no lo hemos pasado bien La María y yo. De todo ha habido. Penas y risas. Sobre todo, después de venir al piso. Los domingos nos dejábamos a los chicos en el matinal del barrio. Y nos íbamos de paseo, a tomar el vermú. Y un vermú que nos tomábamos. ¡Madre mía, con lo cabezón que era! Y sin parar de reírnos. Y luego a buscar a los chicos sin que se nos notara. Por las tardes a veces íbamos al Centro. No todas, sólo cuando hacían la excursión de la parroquia. Allí mandábamos a los niños, nos quedábamos solas y al minuto La Maria por la ventana:

-¡Flora, que ya estoy!

Y al Centro, a una sala de baile. ¡Lo bien que lo pasábamos! Ya digo, no todo eran penas, vaya que no. Me parece oír el timbre. La Maria seguro que no. Ella siempre me llama por la terraza. Es mi Jose. Seguro. Siempre pendiente de mí. Tengo las piernas pesadas. Cada día me cuesta más. ¡Ay Dios mío! Así, se lo digo. Le digo que no veo a La María. Es mi chico. Y me besa en la frente. No sé qué dice de La María. Que no lo recuerdo. Que se me olvidan las cosas. Si sabré yo. Hijo, – le digo. ¿Qué tiene que ver eso con La María? Y me pongo la bata, la floreada y quiero salir de nuevo a la terraza. Pero él no me deja. Mi Jose no quiere y me lleva hacia el sofá, ¡no corras le digo! ¿No ves que a tu madre le pesan las piernas?. Dice que La María no está, que se ha muerto. Hace un año, me dice. Y recuerdo y no recuerdo, cedo y no cedo, me resigno, suspiro, cojo la labor y la dejo. Me pongo los brazos sobre el regazo y pienso. Callo y pienso. Cuando mi Jose se vaya saldré de nuevo a la terraza.

Hace frío. Un aire que corta, que se mete, que anida en la terraza.

Isabel Montero

Este relato “Vecinas”, fue hace unos doce años, Premio Especial en la Categoría de “Personas que han hecho mucho por los barrios”. De la historia y como especialista en ella, siempre me han llamado la atención los hechos de la gente sencilla y la significación de estas vidas y su papel en los fenómenos históricos. Es lo que desde mi punto de vista forma una de las  partes de la intrahistoria de los pueblos. He escogido este Relato para publicar en el blog en Este Dia de la Mujer  precisamente por ello. Es una ficción basada en fragmentos de la vida en la España en la década de los cincuenta en barrios periféricos de Madrid. Indudablemente son realidades que pueden ser transportadas a otros lugares, otras vidas y otra ambientación. Quiero por tanto rendir un Homenaje a esas mujeres sencillas de aquí y de cualquier parte de la Tierra que forman el pilar de tantas existencias. Alas que son. las que fueron y las que serán. Con emoción en este Día de la Mujer 8 de marzo de 2019 para que llegue algún momento en la que la celebración de este día no sea necesaria.

 

 

relatos Isabel Montero Garrido

La ventana

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La ventana era una abertura a la esperanza. Podrían vivir detrás de ella la calma, la cordura, la libertad y la forma de iniciar una nueva vida lejos de allí.

Tristemente nunca lo sabría, el guardian de palacio custodiaba la llave con celo, con la buena disposición de un mayordomo que nunca decepciona a su amo.

Una vez siendo pequeña, al poco tiempo de estar encerrada allí, consiguió asomarse de puntillas por la ventana. A lo lejos le pareció ver el mar.

Esa noche soñó que un principe llegaría en un velero de oro y la rescataría. No sabía que esos principes habitan solamente los cuentos de hadas.

Isabel Montero Garrido

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Mañana de primavera

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¿Y si esto hubiera ocurrido a las 10:00 pm cuando las sombras cubren ya la ciudad?

Pero no, son las 9:30 de la mañana. Ninguna nube en el cielo. Ningún aviso de tormenta. Nada. Nada que te haga presuponer que algo diferente ocurrirá hoy. Luce el Sol. El conserje de la finca te desea buena mañana. Te cruzas con las personas que han dejado a sus hijos en los colegios. Con algunos te saludas. Mucha gente, al igual que tú, se dirige al metro que está en el Intercambiador de transporte. Algunos esperan la fila de los autobuses. Otros marchan rápido para no perder el tren de Cercanías.

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