poesía Isabel Montero Garrido

Quisimos sentarnos esa tarde…

quisimos sentarnos entre los árboles
y mirar desde allí el pueblo abajo,
también estaba el puerto
escuchamos entonces las sirenas
de los barcos tañidos al unísono

entonces nos amamos
silencio y tu cuerpo, en mi cuerpo
silencio y mi cuerpo, en tu cuerpo

el canto de los grillos nos dijo que era tarde
nosotros somos uno me dijiste al oído
habían cesado las sirenas

abajo, en el pueblo se encendieron
las luces en esquinas de las calles

@isabelmontero
Foto Isabel Montero

poesía Isabel Montero Garrido·poesia Isabel Montero·Poesias Guiomar52

Sombra

Las sombras arraigadas en tus manos
como rastro de rostros enmarcados
sin sensibilidad,
dañan el jardín oculto en el cuerpo,
la distancia del rostro al firmamento.

Sin duda un sinsentido anclado
en la pereza de latir, compás
en equilibrio de lo humano.

Y no sé el argumento,
la razón que empaña tu existencia y
tus pasos en aguas pantanosas.

Isabel Montero.
Foto gratuita Internet

Pensamientos·poesía Isabel Montero Garrido

Iruña

A Carmelo Vallés, in memorian.

A mi amiga Txus

 

Recuerdo irrumpir en la joyería

de tu padre, como dos huracanes

y a tu padre mirar, cabecear

benevolente, y tal vez complacido,

aunque nunca lo dijo. Mirar, si,

esa algarabía tan nuestra,

tan adolescente entonces.

Aquellos veranos en los que la brisa

rozaba nuestros brazos, aún infantiles,

en aquellos Sanfermines, primerizas

nosotras, que queríamos, y eso es

seguro, tumbarnos sobre la hierba de

“La Taconera”, y encender un cigarro

para soplar el humo al aire.

Y al final no ocurría y tú padre

nos dejaba en el baile del Club

Natación

Aquellos Sanfermines soñábamos

blanco, sin saber que la vida, sería

dificil.

Isabel Montero Garrido

Bihotz bihotzez María Jesús.

descarga (1)
Jardines de La Taconera, Pamplona

Imagen subida de Internet

 

poesía Isabel Montero Garrido

Pe/n/sares

A veces, escucho por un instante, una voz

en las entrañas de mi vientre, y puede ser que seas tú

en ese ir y venir de la memoria emocional.

Entonces me sorprendo y recuerdo sentir el alivio

de tu boca en mi pecho cuando me rompía,

y creía que recorrías mis confesiones

con tu alma, con tus ojos de ver la vida y lo

que quedaba de ella.

Luego despierto, recorro el muro de piedra

con mi mano, áspero, gris en ocasiones, y me

detengo de nuevo ante la rapidez de una lagartija

que se escapa por entre las grietas de la pared.

Isabel Montero