Aniversarios

Día del libro, abril 2019

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Hoy es 23 de abril y celebramos el día del Libro.

La mayoría de la gente asocia el día solo a San Jordi, pero en realidad es una fecha que se hermana con autores relevantes a nivel Mundial. Por tanto es un día que celebra los libros y la cultura a este nivel. Autores como Cervantes, Shakespeare, Valente, entre otros, que han hecho de la cultura ese tesoro necesario que han de poseer los pueblos. Y eso no es asunto baladí en estos momentos en los que se debate tanto y se olvida lo esencial. Las necesidades del ser humano. Cuenta la filosofía helénica que el ser humano para dedicarse a la filosofía, arte y cultura, es decir al cultivo de su alma y espíritu, ha de tener sus necesidades básicas cubiertas. Es decir comida, techo y dinero para vivir dignamente. Y eso no ocurre en general hoy en nuestro mundo. Por ello como poeta o poetisa quiero alzar una Plegaria para que todo esto se produzca y que la cultura llegue a los hombres y que el pensamiento se cultive y sea libre.

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Plegaria, Plasma de los Vivos, Isabel Montero Garrido 

 

Me gustaría cerrar la entrada dando las gracias a todas las personas que trabajan por y para la cultura, que son muchas, pero que en este momento en el mundo y en este país quedan Veladas entre tanto murmullo, falacias y voces disonantes que no pretenden el desarrollo del pensamiento autónomos en los seres humanos sino todo lo contrario.

Por ello hoy más que nunca que hablen los poetas, que griten los poetas.

Feliz Día del Libro 2019 desde mi rinconcito de Epifanía en la Luna.

Isabel Montero Garrido

 

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Entrevista de Radio, Casares Irratia, San Sebastián. “El Refugio de Calíope”.

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El Refugio de Caliope, Casares Irratia

 

Esta vez es para compartir mi participación en el programa de radio “El refugio de Calíope” en Casares Irratia de San Sebastían, el miércoles 17 de este mes de Abril.. El programa conducido magistralmente por Dory Lansorena versó sobre mi obra y la obra de la escritora Marina Fernández de Retana.  Conversamos sobre poesía y literatura, en este  mes de abril dedicado especialmente al libro y la cultura. Agradecer a Dory Lansorena y Bixen Aramburu que crearon el clima apropiado de tertulia de calidad en la radio, medio este que se presta a pasar los mejores momentos. Y a Marina Fernández mi compañera escritora a la que fue muy grato conocer.

Os dejo este enlace de mi participación en El refugio de Caliópe, para que podáis escucharlo, disfrutarlo y soñar con la poesía.

Gracias a este maravilloso equipo de Casares Irratia y a tí Dory por brindarme la participación en  esta experiencia y esa forma de mirar la poesía.

Isabel Montero Garrido

Sobre libros

La senda hacia lo diáfano

 

La naturaleza siempre está presente en la obra de Isabel, pero sin lugar a dudas “La senda hacia lo diáfano”, la contiene en toda su inmensidad. Además de esta naturaleza vamos a encontrar esa constante búsqueda de la autora de ideales elevados . Una búsqueda que realiza a veces de manera intimista acercándose a la soledad del alma,.

Este es el cuarto poemario de Isabel, una poeta que se crece y ahonda sus raíces en lo más puro de la Tierra, en lo más profundo.

Acabo de leer este, su último poemario y sinceramente me ha llegado. Sus fugaces poemas cortos que revolotean entre las palabras de este espacio natural, sus poemas más largos, confieren a este poemario la categoría de Obra.

Isabel es defensora de la Naturaleza y así nos lo demuestra en este libro que recomiendo no como amiga, que lo somos, sino como lectora y escritora.

Enhorabuena Isabel y gracias por acercarnos tanta grandiosidad.

Isabel Montero Garrido

Nadie aquí

Nadie aquí,

salvo un murciélago despistado

que vuela la luna.

El mar,

como un páramo yermo,

ahonda la quietud de su ausencia.

 

Isabel Fernández Bernaldo de Quirós.

Poeta y bióloga.

Mieres 1947

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La palabra intensa: “Contracorriente”

Agradezco a Alfonso Cebrián, escritor que admiro esta hermosa entrada que publica en su blog Cuentos Inacabados. Tengo que decir Alfonso que me siento halaga de que en este Día Mundial de la Poesía te acompañen mis versos.

Cuentos inacabados

Contracorriente“Cada poeta tiene su modo, su forma, su concepción o figuración de la belleza que la determina o individualiza, según su propia vivencia, incluso su propio dolor, como percibimos en su poema: Angustia”, escribe Julie Sopetrán en el Prólogo del poemario Contracorriente, de Isabel Montero, con ilustraciones de Mónica Pereiro. Por mi parte añado ‘intensa’ como adjetivo que se puede juntar tanto a ‘palabra’ como a ‘poesía’.

Isabel montero

Así, el yo poético de la autora nos abre la puerta de una mujer y un alma en la que nos adentramos llevados por la fuerza de atracción de la palabra, que tiene la virtud transformadora de convertirse en imagen y vivencia:

Alma desnuda como árbol en

otoño. Con mi piel

extendida sobre la tierra

de manto rojo

sobre la tierra

como una gran madre tibia.

Leí de un tirón los poemas de Isabel Montero; hoy he vuelto con ellos y he sentido…

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relatos Isabel Montero Garrido

Vecinas

 

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“Y de nuevo volvió a sentirse sola ante

la presencia de su eterna antagonista:

la vida.”

Virginia Woolf

 

Hace aire. Un aire que corta; un aire que se mete, que se reparte y anida en la terraza, formando remolinos pequeños, en los que la pelusa da vueltas, se disuelve entremezclada con alguna colilla, con algún pétalo ya marchito de las flores que adornan las barandillas. Es otoño y hace frío. Es otoño, un otoño temprano que le nubla la vista, que adormece sus ojos cansados. Los ojos de Flora.

Y a Flora se le cansan los ojos de mirar y la pelusa del aire se le mete en ellos. El frío la envuelve y se ajusta la bata entre sus brazos; debajo de ellos, pegada a su cuerpo cansado, flácido y engordado, envejecido, magullado por el pisar fuerte de la vida. Pero resiste en la terraza. Un rato resiste. Hace dos días que sus persianas están bajadas. Y el polvo se acumula, se acumula y se levanta con el aire; se une al remolino de la calle y asciende, sube y se precipita en la terraza. Y Flora huele en él, presiente y nota que algo pasa en casa de la María porque no la ve. No la ve a ella. La María no sale a la terraza.

Me pongo la bata guateada, la de flores, esa que me regaló mi chico. Mi muchacho, me la compró, con su primer sueldo. Un muchacho valiente el mío. Mi Jose. Pepe le llaman ahora sus amigos. Don José en el despacho. Abogado, mi Jose. Él no quiere que me la ponga. Qué está ya vieja, que tengo otra mejor. Pero lo hago. Con su primer sueldo me la compró. Una bata para que no pasara frío en la casa. La casa. Una casa pequeña pero ahora con la calefacción. Ya no necesito la bata. También mi Jose me la puso cuando metieron el gas en el barrio. Yo no quería, que conste, pero así es mi hijo, mi Jose. Y que quiere que me vaya. Que allí en el chalet hay sitio de sobra. No me deja mi chico. Pero yo no quiero; esta es mi casa, mi vida. Y por eso me pongo la bata para salir a mi terraza y ver a la María. –La María no, mama, María- me dice. Sin el “la” mama. ¡No se ha hecho fino ni nada mi Jose con los estudios! Pero yo a la María prefiero llamarla así. Son muchos años para cambiar. Desde mi terraza se ve la suya. Justo en el bloque de enfrente. Hace un aire que me corta la cara, pero me meto la bata, salgo y estoy un rato. Espero que salga y me diga:

¡Flora, anda vente pacá que nos tomamos un café!

La María, lo recuerdo como si fuera ahora. Ni cinco minutos hacía que yo había llegado a la casita. La del barrio pobre que decían. La casita baja. Ni cinco minutos que había llegado con mi chico pequeño. Tres años tenía entonces. Se nos dieron malas en el pueblo. Una madre soltera que era yo. No eran las cosas como ahora. Y nos vinimos aquí, a la capital. A la casita que me pasó mi prima. Unos pocos dineros le di yo. Que de gratis nada. Unas poquitas pesetas de entonces que me dio mi padre. Que no quería que yo pasara penas, decía el pobre.

-¡Eh! – me gritó- ¿Vas por agua?

Así es la María. Lo dice todo sin tapujos. La María en la casita de enfrente. Siempre enfrente y a mi lado. Y yo al suyo. Ella me buscó lo de las casas primero. Luego lo de las oficinas de madrugada. Y por último lo de la contrata. Estuvimos años con la contrata de limpieza. De ahí nos quedó la paga, pequeña pero segura. Aunque dice mi hijo que con él no me hace falta. Mi Jose. A la María sí, que sus hijos no le pasan. No porque no quieran. Porque no pueden. Ya lo dice ella: ¡Bastante tienen! Fue entonces, cuando lo de la contrata, que vino la María con lo de los pisos.

Mira Flora- me dijo- yo ya estoy cansada de salir de casa y el barro hasta las rodillas. De llevar los zapatos en la bolsa y de ponérmelos al llegar al Centro. ¡Qué se nos nota María! Que se nos nota por el barro que somos del “Barrio Pobre”. Que no quiero yo que se les note a los hijos. Y estoy harta de cargar con el agua, de los generadores de la luz y de enjalbegar la casita. Nos vamos a apuntar. ¿Si no nos toca a nosotras lo de renta baja, dime tú a mí a quién?

Y a mí me daba miedo. Un miedo agudo. El miedo constante de los pobres. Pero ella era fuerte. Y yo estaba con ella. Había que hacerlo, marcharse a un piso. A un barrio con las calles asfaltadas, con luz en la calle y en la casa, con agua corriente. Hablaban de demoler las casitas, aunque el barrio crecía. Lo hacía cada noche. Una más; en una noche una más; un nuevo hogar; un hogar para la miseria. Una miseria honesta y trabajada.

Vamos Flora- me dijo- vamos que nos rellene el cura los papeles. Por los chicos. Y lo hicimos. A María entonces aun le vivía su hombre; débil, diminuto- “algo escuchimizao”- decía ella-. En su cara se veían las marcas del vino. ¡Vaya si se veían! María quítate de ese hombre mujer, solía decirle; que no hace más que darte sinsabores. La de veces que se lo decía. Y ella que no.

Que no Flora- me decía- que no. Tú no lo entiendes. Bien sabes que le daba cuatro patadas, ¡y a la calle! Pero están mis hijos. ¡Qué no les hago eso yo a ellos! Eso clarito, Flora, que no quiero que vean a su padre tirado como un pordiosero.

Y dale que te dale la María con eso del pordiosero y yo, no sé qué era mejor.

Y se esfuerza Flora, se esfuerza- me contaba en un aparte del corro de las vecinas. A ellas les decía que Don Aurelio, el médico de la iguala, andaba a vueltas con eso de la tensión de su hombre. Y todas hacían que se lo creían. Yo también, delante de ellas. Pero a mí, a solas, no podía engañarme. Sí, trabajaba; trabajaba a veces en lo que podía. Trabajaba, se lo jugaba y se lo bebía. Y la dejaba colgada con los críos. Ella venía y lloraba en mi cocina.

No vuelvo a abrir la puerta a ese fulano– comentaba entonces.

Fulano lo llamaba, en ese momento. En ese instante en el que ella había llegado al fondo de sus reservas; cuando había caído en el abismo oscuro de la desesperación, en la desdicha insalvable. A mí se me enrojecían los ojos. Y ella me miraba con su cara mojada y se restregaba con el mandil a cuadros. El mismo con el que sonaba los mocos a los críos. Le vivían tres: dos chicas y un varón. El pequeño de la edad de mi Jose. La última, la que nació muerta fue niña. Tres días estuvo coronando la pobrecilla. Asfixiada. Y nada de hospital, que su hombre no quería. Que sus hijos nacían en casa. Pero él, su hombre, por ahí. Que arrastras lo traje, que no se tenía en pie. Eso sí, lloraba como un crío. Nunca he visto llorar así a un hombre, en realidad ni mucho ni poco: no he visto llorar a ninguno.

-Déjalo Flora, que llore- me decía ella- que se desahogue. ¿No ves que lo pasa mal?

Así era La María. Dos guantazos le habían dado yo y a la puta calle y que Dios me perdone. Pero no, ahí estaba él tirado en la cama con la cabeza entre sus pechos. ¡A la puta calle! Sí, eso hubiera hecho yo. Al tiempo, él se murió. No llegó a ver el piso. Pasa algo raro. Lo sé. Me asomo y no la veo. Tiene las persianas bajas. Hace frío. Mejor entro y luego vuelvo a salir. ¡Qué raro la María! Sí, más tarde vuelvo a salir. Anda que no lo hemos pasado bien La María y yo. De todo ha habido. Penas y risas. Sobre todo, después de venir al piso. Los domingos nos dejábamos a los chicos en el matinal del barrio. Y nos íbamos de paseo, a tomar el vermú. Y un vermú que nos tomábamos. ¡Madre mía, con lo cabezón que era! Y sin parar de reírnos. Y luego a buscar a los chicos sin que se nos notara. Por las tardes a veces íbamos al Centro. No todas, sólo cuando hacían la excursión de la parroquia. Allí mandábamos a los niños, nos quedábamos solas y al minuto La Maria por la ventana:

-¡Flora, que ya estoy!

Y al Centro, a una sala de baile. ¡Lo bien que lo pasábamos! Ya digo, no todo eran penas, vaya que no. Me parece oír el timbre. La Maria seguro que no. Ella siempre me llama por la terraza. Es mi Jose. Seguro. Siempre pendiente de mí. Tengo las piernas pesadas. Cada día me cuesta más. ¡Ay Dios mío! Así, se lo digo. Le digo que no veo a La María. Es mi chico. Y me besa en la frente. No sé qué dice de La María. Que no lo recuerdo. Que se me olvidan las cosas. Si sabré yo. Hijo, – le digo. ¿Qué tiene que ver eso con La María? Y me pongo la bata, la floreada y quiero salir de nuevo a la terraza. Pero él no me deja. Mi Jose no quiere y me lleva hacia el sofá, ¡no corras le digo! ¿No ves que a tu madre le pesan las piernas?. Dice que La María no está, que se ha muerto. Hace un año, me dice. Y recuerdo y no recuerdo, cedo y no cedo, me resigno, suspiro, cojo la labor y la dejo. Me pongo los brazos sobre el regazo y pienso. Callo y pienso. Cuando mi Jose se vaya saldré de nuevo a la terraza.

Hace frío. Un aire que corta, que se mete, que anida en la terraza.

Isabel Montero

Este relato “Vecinas”, fue hace unos doce años, Premio Especial en la Categoría de “Personas que han hecho mucho por los barrios”. De la historia y como especialista en ella, siempre me han llamado la atención los hechos de la gente sencilla y la significación de estas vidas y su papel en los fenómenos históricos. Es lo que desde mi punto de vista forma una de las  partes de la intrahistoria de los pueblos. He escogido este Relato para publicar en el blog en Este Dia de la Mujer  precisamente por ello. Es una ficción basada en fragmentos de la vida en la España en la década de los cincuenta en barrios periféricos de Madrid. Indudablemente son realidades que pueden ser transportadas a otros lugares, otras vidas y otra ambientación. Quiero por tanto rendir un Homenaje a esas mujeres sencillas de aquí y de cualquier parte de la Tierra que forman el pilar de tantas existencias. Alas que son. las que fueron y las que serán. Con emoción en este Día de la Mujer 8 de marzo de 2019 para que llegue algún momento en la que la celebración de este día no sea necesaria.