artículos·poesia Isabel Montero

La inspiración poética a partir de la observación en el arte. El peine del viento, (Eduardo Chillida, escultor)

 

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El Peine del viento, Eduardo Chillida. Foto Isabel Montero.

Entendemos por espectador la persona que aprecia una obra, sea teatro, arte, literatura, música, espectáculo, aspectos de la vida diaria, incluso elementos de vida que pudieran ser consideraros objetos o situaciones de no asombro.

Suponemos siempre que el papel del espectador está supeditado o predefinido a la voluntad del autor. Pero este hecho es subjetivo ya que en realidad quien percibe la obra puede ajustarse o no a lo que el autor esperaba e incluso a lo que se espera por las autoridades en la materia que se exhibe.

Realmente yo concibo al espectador como la persona que realiza un acto de comportamiento social por el cual observa una situación y esta situación la percibe con diferentes sensaciones; muestra poco interés, gran interés, se emociona e incluso llega al asombro. Lo que puede surgir a partir de este asombro puede ser otra creación poética, musical, escultórica, es decir en cualquier disciplina que se integran en la capacidad creadora del ser humano. El hecho de asombrase ya es en si una creación del ámbito emocional.

Hay por tanto asombros en los que uno mismo se hace público de conjunciones asombrosas que ocurren entre los distintos elementos de la Tierra. La combinación de elementos naturales y de los transformados por las manos del hombre.

Me ocurre con la obra del escultor Eduardo Chillida, en toda su obra ya sea en el museo Chillida Leku o en cualquier espacio en el que esté situada. El mayor efecto lo percibo en la obra para mí “Opera Prima” de Chillida, “El peine del viento” en San Sebastián.

El hombre, las manos, la materia y los elementos: aire, fuego, agua y tierra. Es el fuego el que modela el hierro para transformarlo, quizá intentar dotarlo de vida, hacerlo infinito y ver, que en último término no puede ser y son los elementos de la naturaleza los que se acercan a esta idea de infinitud que el hombre puede percibir por sus sentidos, por su percepción y propiocepción.

Creo que la búsqueda de Eduardo Chillida se asienta en una inmersión de todo lo descrito.

Lo finito, lo infinito y la transformación por la mano del hombre al igual que hicieron nuestros ancestros y los primeros seres humanos: observar, trabajar y transformar intentando ver la utilidad, buscando el porqué de los fenómenos e incluso la espiritualidad. Veo por tanto en la obra de Chillida una búsqueda incesante de lo que pudiera haber “más allá”.

Contemplando este verano la obra “El peine del viento” agitó mi ánimo que concluyó con la siguiente composición poética.

Eduardo Chillida Juantegui fue un escultor y grabado vasco conocido por sus trabajos en hierro y en hormigón (San Sebastián-Donostia 1924/2002)

El peine del viento.

Allí está, anclado en el acantilado él, “El Peine del viento”.

De repente, se me antoja lo más profundo: el viento, el arco que describe la ola,

la espuma que atraviesa el espacio vacío entre los dedos.

 

Quizá quiera atrapar lo infinito,

asir el aire, apresarlo, sujetarlo y hacerlo suyo.

Hacer permanecer al viento entre sus manos,

entre los dedos de hierro.

Pero se escurre la apariencia una y otra vez.

El viento, el aire, la tormenta, las olas y la sal de mar desaparecen.

Al rato otra vez chocar con las olas, contra los peines, contra el muro

y todo se resbala. Sopla el aire por las chimeneas del pavimento, ¡zum! y

gotas de agua.

Todo se transforma y al tiempo se marcha, igual, desaparece

 como la espuma.

El canto de las gaviotas, el sol, el agua, el olor a sal,

inmensidad en el acantilado.

Profundidad.

¡Peine del viento! Hierro forjado en fuego para la infinidad.

Y la finitud de la materia, sin embargo, surge ante el Universo infinito.

Isabel Montero

Artículo y poema.

Aniversarios·noticias

Día internacional de la Mujer

A ocho de marzo de 2017 en Madrid, en este Día de la Mujer de este siglo XXI, dedico esta entrada a las mujeres tan especiales que hay en mi vida. Cada una sabe el porqué.

A Cecilia Garrido Alduan, mi madre, que está en mi corazón, por ser esa gran mujer que hizo que fuera la Mujer que soy, ¡Gracias Ama! y gracias por traerme a este mundo en tu vientre, porque sin tí nada de lo que conozco hubiera conocido. Nada de lo que soy hubiera sido. 

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