relatos Isabel Montero Garrido

La nochebuena

Acababan de dar las diez y quince en el reloj del salón en el que había dejado la cena para los señores de la casa y sus cinco hijos. No hacía nada que habían llegado de celebrar la eucaristía de las nueve, que, en la parroquia de ese barrio adinerado, hacía las veces de la misa del gallo. Se trataba de una familia muy religiosa. Magdalena tenía permiso para ir a cenar con los suyos a pesar de trabajar como interna. Así mismo se lo dijeron.
—Mañana no se quede Magdalena que es Nochebuena, déjenos la cena para servir y vaya a cenar con los suyos, le dijo la señora el día anterior.
A ella le llamó la atención lo de los suyos porque en once meses que llevaba trabajando en esa casa, no le habían preguntado si tenía familia. Jamás de los jamases.
Magdalena entró a servir por su prima Dorita que hacía unas horas en esa misma casa por el tema de la colada y la plancha. La interna que tenían los señores de Angulo se había marchado a su tierra allá en Ecuador.
—Se ve que tenía allí a sus hijos y llevaba más de tres años sin verlos. Se ve que no aguantaba más chica, le dijo Dorita.
—¿Pero no quieren informes?
—Mira Magdalena, la señora tiene cinco hijos, una casa enorme, y está desesperada. Por supuesto, me lo ha propuesto primero a mí. Le he dicho que no. Que imposible. Tú sabes mija, que yo tengo marido e hijos. Yo a mis niños desde que me los traje, no los dejo.
A las diez y treinta minutos exactos, salió Magdalena por la puerta, atravesó el jardín y cruzó la carretera a grandes zancadas hacia la parada del autobús. Se divisaban ya las luces de los faros al alcanzar la curva de arriba de la calle. 
—Si pierdo este autobús, Dios sabe, y se santiguó.
El trayecto del autobús al intercambiador en el que debía coger el metro duró tres cuartos de hora, en los que Magdalena, aprovechó para enviar algunos wasaps de felicitación y contestar a otros. También le puso uno a su marido.
—Estoy a medio camino.
A medida que el autobús se acercaba a la ciudad, se podía ver el reflejo de los adornos y las luces de navidad. Un derroche de luz y color: guirnaldas, edificios que pestañeaban en distintos tonos, y música, se podían oír villancicos cuando el autobús abría y cerraba las puertas en cada parada. Subía poca gente. Esos autobuses interurbanos que bajan de las urbanizaciones no suelen ser de recogida sino más bien de bajada de personas a distintos puntos de la capital.
Ya en el andén del metro tuvo que aguardar veinte minutos.” Por causas ajenas a Metro hay retrasos en la L1, L2, L6, disculpen las molestias, gracias”, se escuchaba de vez en cuando por megafonía, y unos letreros luminosos por les que pasaban las palabras como en una cinta transportadora, se hacían eco del mismo mensaje. 
Magdalena volvió a los wasaps. No paraban nunca. Vio que su marido no había contestado. Ni siquiera lo había visto. 
Por fin el metro entró en el andén. Aun le quedaba un buen trecho porque, aunque esa línea iba directa y no debería hacer ningún cambio, todavía tendría que coger un autobús que la llevara hasta su barrio. Por suerte, pudo cogerlo sin esperas.
Poco faltaba para las doce cuando se avistaron las primeras casas del barrio donde vivía. Se accedía por una carretera comarcal que en su último tramo estaba sin asfaltar. El autobús daba saltos y tumbos. Magdalena viajaba sola y el autobús se detuvo apenas un minuto para que se apeara. Entonces, corrió por las callejuelas estrechas de casas bajas. Algunas habían encendido las chimeneas. De otras se oía jolgorio de “campana sobre campana”. Cuando llegó a la suya abrió con premura la puerta y allí estaba José, despanzurrado en el sofá boca arriba, con un hilillo de saliva que le caía por la comisura de los labios. Borracho perdido. Muy borracho. Apenas entreabrió los ojos cuando ella le sacudió y emitió un gruñido para seguidamente, girarse sobre sí mismo. 
Magdalena le echó una manta por encima, y lloró. Lloró apenas cinco minutos. No se permitió más. Encendió una vela de Navidad de esas de olor que le había regalado la señora el día de antes. Se abrió una lata de paté que traía en el bolso y se lo comió a cucharadas. Había olvidado comprar el pan.

©Isabel Montero Garrido

Se trata de un cuento que escribí en Navidad por no se qué motivo. Pura prosa y pura ficción.

relatos Isabel Montero Garrido

Paisajes: Aroma


Al llegar a la rotonda de arriba, esa que no tiene salida y está abierta a un ascensor de calle y a unas escaleras empinadas, abrí la puerta del coche y bajé. Lloviznaba suave y seguido. No hacía frío a pesar de ello.
Escuché el olor a humedad, a hierba cortada y vi que en el muro de piedra que sujetaba el monte, asomaba un hermoso un rosal silvestre. Las rosas habían brotado ajenas a vivir ancladas a la pared.
Respiré el aroma de manera más honda, más intensa. Me gustaba esa sensación de naturaleza angosta entre las casas y el muro. El sonido mojado me penetraba calando hasta los huesos.

Estaba en casa.
© Isabel Montero

relatos Isabel Montero Garrido

Oráculo en un salmo

Foto gratuita de internet

Éxodo 13, 21-2
“E iba Yahvé al frente de ellos,
de día en una columna de nube
para guiarlos en el camino y de noche
en una columna de fuego
para alumbrarlos

Oráculo en un salmo

Ese día fue como algún otro día.
En la caverna se instauraba la oscuridad de forma paulatina. Los hombres habían vuelto de la caza con un animal. Era un animal enorme y rápido. Les había costado atraparlo, pero con la estrategia de Igor lo habían conseguido. Acecharon la noche completa la manada y rodearon en silencio el montón de animales semidormidos. Rumiaban. Ellos, apostados tras los setos contenían la respiración. Al despuntar el alba vieron como el jefe de la manada se ponía en pie, grande, majestuoso. Arrastraba su cola larga y zigzagueaba con su pequeña cabeza de un lado a otro como llamando a todos a la levantada. Y tras él algunas hembras, las más jóvenes se pusieron en marcha. Y el resto les seguía. Y los hombres de la tribu vieron como el animal más viejo renqueaba y se quedaba atrás. Si hubiera sido antes de la gran explosión hubieran dicho que traqueteaba como lo hacían unos vehículos de las historias que contaba algún anciano de la tribu. Pero esa palabra, traquetear, estaba en desuso en aquella Nueva Era.
Los hombres, a una señal de Igor, lanzaron sus armas de piedra y palo todos a una y aturdiendo al animal lo derribaron y le dieron caza. Con un puñal hecho de cuarzo cincelado rajaron la enorme tripa y sacaron sus intestinos y otras vísceras que abandonaron a los cuervos; y arrastraron al animal hasta la cueva.
Las mujeres descuartizaron al animal y pusieron a secar su carne e incluso encendieron “El fuego” para ahumarla. Y todos ancianos, hombres, mujeres y niños y en este mismo orden bebieron sangre caliente del animal porque decían que purificaba.
Los hombres y los niños se acostaron dentro de la cueva.
Las mujeres después de salir la luna se sentaron en círculo alrededor del fuego en la entrada de la caverna. Y una vez más como todas las noches la más anciana llamó a la memoria y cantando los mantras, -¡Oh, Yavhé, Yavhe!¿por qué nos has abandonado?- invocó a los cielos.
Y lloró en el recuerdo del gran genocidio del día de la invasión, el mismo que a ella le habían contado y que a otras ancianas anteriores también les habían contado y relató:

«En aquel tiempo al caer la noche y como todas las noches dícese que se vio una gran bola de fuego que entonces nombraron nave y que a su paso dejó una estela grande de humo y un olor que se llamó entonces gas y que dijeron que quien respirare caería derrumbado en ese mismo instante.
Y que aquel día sin saberlo nadie y sin que ningún humano lo esperara, apareció el gran Yahvé y que fue el mismo Dios de los Dioses y que lideró él una columna de otras naves que dijeron “nodriza”. Y Yahvé se desplazó en ella con unas potentes luces que emitía.
Y dícese que la bola de fuego y el gran Yahvé ejecutaron la Danza de la Muerte y entonces todo fue arrasado y no quedó casi vida sobre la tierra salvo una mujer y un hombre, unas plantas y algunos animales y dícese que hombre y mujer se juntaron que fueron nuestros primeros padres, porque así Yahvé lo quiso y así, hizo que nuestro pueblo se salvara. Y nuestro pueblo fue salvado».

¡Oh, Yahvé, Dios del humano, en tu nombre, ¡amén!

Las mujeres elevaron los brazos y giraron las palmas de las manos hacia el cielo. La luna dispersó sus rayos y aclaró aún más la noche. Entonces las mujeres, entraron en la cueva y se acostaron cada una al lado del hombre al que pertenecía.

©Isabel Montero Garrido
©con derechos de autor.

Aniversarios · poemas otros autores · relatos Isabel Montero Garrido

Día de la mujer 8 de marzo 2020

Imagen gratis de internet

Hubo una mujer que fue la primera y alentó al resto. Unas llegaron antes y otras después. Luego supieron que la Sabiduría era suya y que el Pensamiento les pertenecía. Y que no necesitaban más. Finalmente conocieron la vida, y era suya también y se sentaron entre las columnas de un Partenón. Así empezó el discurso del Verbo, el juramento, el principio de Ser.

Isabel Montero

Por la Voz y la Palabra de todas las niñas y mujeres del mundo.

relatos Isabel Montero Garrido

Noche de San Juan

img_20190608_121903_568

Durante toda la semana anterior solíamos recoger todo lo que encontrábamos por la calle y en las laderas del monte. Montones de palos, ramas secas, sillas viejas y enseres de todo tipo que nos daban los vecinos.
– Toma chaval, para la hoguera.
Hacíamos un montón con todo y siempre se quedaba alguno de los amigos vigilando para que no nos robaran ningún elemento de la hoguera. Por la noche la encendíamos y cuando quedaban las últimas brasas, saltábamos de lado a lado pidiendo un deseo o quemando la rabia. Allí cada uno tenía la suya.
Después nos recogían las madres, porque en aquel lugar los hombres siempre trabajaban fuera, ya en la mar, ya en el transporte.
Mi madre, por aquel entonces, realizaba un ritual la Noche de San Juan. Colocaba unos cuencos de agua con clara de huevo debajo de nuestras camas y otro cuenco en el alféizar de la ventana del balcón. Según decía nos protegerían todo el año. Y si la clara del cuenco del balcón adquiría la forma de barco, la suerte estaría de nuestro lado. Mamá siempre nos despertaba temprano al día siguiente.
– Corred, corred que el barco de Clara de huevo ha zarpado temprano y se ha llevado a la mar todas las cosas malas.
Entonces nos levantábamos ilusionados, porque una vez más sabíamos que mamá tenía la magia en sus manos. Isabel Montero
#NochedeSanJuan