relatos guiomar52

Ratonera (micro-relato)

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Era la hora. Yo cogí una. Ella cogió la otra. Las dos estaban sobre la mesa de la cocina envueltas en papel de aluminio. Yo me llevé una. Ella se llevó la otra. Al llegar al lugar las abrimos. La mía estaba picada. La manzana podrida. La puse sobre el sobre que contenía el fajo de euros. Cogí la pistola del armario amarillo. Ajusté el cargador. Me había tocado. Aquella misma tarde tenía que matarlo. Quitarlo de en medio para que no estorbara a la organización con sus absurdas declaraciones de arrepentimiento. No había salida.

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Una vecindad muy tranquila

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A las tres de la tarde era un cadáver sobre las baldosas blancas y negras de la cocina. No había sangre. Solamente un cuerpo largo y enjuto, prematuramente envejecido.

 

.-Un paro cardíaco dictaminó el médico. Una muerte natural.

 

Los ojos abiertos de par en par enmarcados en unas órbitas cetrinas parecían escrutarlo todo, hacer preguntas después de muerto. Además daban un aspecto fantasmal, como de otro mundo a una cara blanca y hundida en las mejillas. No se notaban ya las marcas de la heroína y nadie hubiera podido decir que tenía Sida, ni menos que llevaba más de una docena de años con la Metadona. Y que  a los cincuenta tenía ya más de mil inviernos vividos.

 

Su tía Elvira, una mujer de avanzada edad, se lo encontró así en el suelo cuando llego del  pueblo con su pequeña maleta a dar vuelta por Antonio, algo que hacía una vez al mes para cumplir la voluntad de su hermana que murió cuando el niño tenía algo menos de ocho años dejándolo tan solo  al amparo de ella y de un padre pueril y “tontuso”.

 

Mientras vivió el padre del chico Elvira permaneció algo apartada a causa de la nueva mujer de su cuñado, pero al morir este y estar su sobrino atrapado en el submundo de la droga pasó a atenderlo personalmente. Ahora desde el proceso de rehabilitación del muchacho venía mensualmente y pasaba una temporada haciéndole compañía, cocinándole y limpiándolo todo para la temporada en la que Tony se quedaba solo.

 

A las tres de la tarde Elvira entró en la casa y vio a Tony muerto. A las tres de la tarde comenzó a gritar desesperadamente. A las tres de la tarde o quizá algún minuto después acudieron un sinfín de vecinas.

 

–          Tenía que pasar, tenía que pasar, tenía que pasar – se murmuraba- algo tenía que pasar, ¡pobre!

 

Unos días antes, tal vez más de tres semanas Tony pagaba una caja de fresones en el Super de la calle de abajo. La sostenía con dificultad tan flaco, todo flaco con uno de los brazos. Con la otra mano hurgaba en el bolsillo del chándal y pagaba a la cajera con un billete de veinte

 

La gente de la fila hablaba entre ellos.

 

–          Que si sabes que pasó anoche, que si fue la poli a su casa, que si dicen que los llamó él, que si dice que el vecino de arriba le hace agujeros en el techo para espiarlo, para mirarlo, para saber lo que hace e incluso para llevárselo.

 

Un hombre cano con bastón decía que unas vecinas lo habían visto, que se habían encontrado con los guardias en el portal  y que habían subido por la escalera porque  les dijeron que no pasaba nada. Y que una de ellas se quedó en el primero y la otra subió al segundo y que los guardias también. Y que se encontró que allí estaba Tony esperando en el rellano porque “de seguro” era el mismo que había llamado a la policía. Y que la mujer preguntaba a los guardias que qué pasaba porque esa vecindad era muy tranquila y que Tony era un buen muchacho. Y que la policía le dijo:

 

–          Nada, nada señora métase en su casa.

 

Y que ella, así lo hizo.

 

 

 

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Inocentes

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Solo la distancia revela el secreto

de lo que parecía estar oculto.

Carmen Martín Gaite

“El cuarto de atrás”

 

 

 

Pienso despacio a trompicones como corre la cortina blanca de la cocina cuando se engancha a la puerta y la historia suena recurrente, toc, toc, toc, en mi cabeza.

 

Duele.

 

Basado en hechos reales que han sido camuflados con traje de camaleón para preservar las identidades.

 

Duele. Toc, toc,  suena de nuevo; imposible olvidarlo y sentía que ya lo había visto todo, andado todo, entre paredes de escuelas.

 

“el niño, el menor de los dos quiso a cascar el huevo para echarlo a la sartén. Se había encaramado a una banqueta renegrida y asomaba su naricilla por encima.

 

el otro, el mayorcito tiró de él para apartarlo. Las tareas peligrosas junto al fuego de butano se las tenía reservadas para él.

 

el pequeño entonces rozó el mango de la sartén con su manita y se rocío el aceite hirviendo sobre la tripita hinchada y desnuda.

 

el otro el mayorcito, apagó el gas y puso derecha la sartén en el suelo, buscó una camiseta blanca con algún que otro agujero de desgastada y se la puso a su hermano para taparle las carnes heridas.

 

no se comieron el huevo de la comida, entraron en el cuarto de mamá que dormitaba ebria sobre un colchón y la taparon con un trapo viejo para que no se enfriara.

 

se agarraron de la mano como hacían todos los días y se plantaron en la puerta del colegio para esperar que sonara la sirena de las tres de la tarde.

 

todo fue aquel día, el día que no era de los Santos Inocentes”.

 

Duele.