poesia Isabel Montero

Y recordarme…

Y recordarme,
recordarme como era;
ser mi principio, mi fin y saber
descifrar la palabra que resuena
en mis sienes.
Y recordarme, recordarme a mí
y como era.
Amanecer cada día y mirarme en el
espejo, y recordarme.
Saber quién soy,
y recordarme.
Contar mis dedos y las flores de las
plantas del jardín.
Y recordarme.
Saber tu rostro, palpar tus manos
y recordarte y recordarme.

Isabel Montero

#dedicado a mi abuela que en paz descanse

relatos Isabel Montero Garrido

Oráculo en un salmo

Foto gratuita de internet

Éxodo 13, 21-2
“E iba Yahvé al frente de ellos,
de día en una columna de nube
para guiarlos en el camino y de noche
en una columna de fuego
para alumbrarlos

Oráculo en un salmo

Ese día fue como algún otro día.
En la caverna se instauraba la oscuridad de forma paulatina. Los hombres habían vuelto de la caza con un animal. Era un animal enorme y rápido. Les había costado atraparlo, pero con la estrategia de Igor lo habían conseguido. Acecharon la noche completa la manada y rodearon en silencio el montón de animales semidormidos. Rumiaban. Ellos, apostados tras los setos contenían la respiración. Al despuntar el alba vieron como el jefe de la manada se ponía en pie, grande, majestuoso. Arrastraba su cola larga y zigzagueaba con su pequeña cabeza de un lado a otro como llamando a todos a la levantada. Y tras él algunas hembras, las más jóvenes se pusieron en marcha. Y el resto les seguía. Y los hombres de la tribu vieron como el animal más viejo renqueaba y se quedaba atrás. Si hubiera sido antes de la gran explosión hubieran dicho que traqueteaba como lo hacían unos vehículos de las historias que contaba algún anciano de la tribu. Pero esa palabra, traquetear, estaba en desuso en aquella Nueva Era.
Los hombres, a una señal de Igor, lanzaron sus armas de piedra y palo todos a una y aturdiendo al animal lo derribaron y le dieron caza. Con un puñal hecho de cuarzo cincelado rajaron la enorme tripa y sacaron sus intestinos y otras vísceras que abandonaron a los cuervos; y arrastraron al animal hasta la cueva.
Las mujeres descuartizaron al animal y pusieron a secar su carne e incluso encendieron “El fuego” para ahumarla. Y todos ancianos, hombres, mujeres y niños y en este mismo orden bebieron sangre caliente del animal porque decían que purificaba.
Los hombres y los niños se acostaron dentro de la cueva.
Las mujeres después de salir la luna se sentaron en círculo alrededor del fuego en la entrada de la caverna. Y una vez más como todas las noches la más anciana llamó a la memoria y cantando los mantras, -¡Oh, Yavhé, Yavhe!¿por qué nos has abandonado?- invocó a los cielos.
Y lloró en el recuerdo del gran genocidio del día de la invasión, el mismo que a ella le habían contado y que a otras ancianas anteriores también les habían contado y relató:

«En aquel tiempo al caer la noche y como todas las noches dícese que se vio una gran bola de fuego que entonces nombraron nave y que a su paso dejó una estela grande de humo y un olor que se llamó entonces gas y que dijeron que quien respirare caería derrumbado en ese mismo instante.
Y que aquel día sin saberlo nadie y sin que ningún humano lo esperara, apareció el gran Yahvé y que fue el mismo Dios de los Dioses y que lideró él una columna de otras naves que dijeron “nodriza”. Y Yahvé se desplazó en ella con unas potentes luces que emitía.
Y dícese que la bola de fuego y el gran Yahvé ejecutaron la Danza de la Muerte y entonces todo fue arrasado y no quedó casi vida sobre la tierra salvo una mujer y un hombre, unas plantas y algunos animales y dícese que hombre y mujer se juntaron que fueron nuestros primeros padres, porque así Yahvé lo quiso y así, hizo que nuestro pueblo se salvara. Y nuestro pueblo fue salvado».

¡Oh, Yahvé, Dios del humano, en tu nombre, ¡amén!

Las mujeres elevaron los brazos y giraron las palmas de las manos hacia el cielo. La luna dispersó sus rayos y aclaró aún más la noche. Entonces las mujeres, entraron en la cueva y se acostaron cada una al lado del hombre al que pertenecía.

©Isabel Montero Garrido
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